CULTURA - por J C Demian

Actualizado: 21 de nov de 2020

El ser humano opera en una dimensión material y una inmaterial de la existencia, ésta se encuentra presente ante él y el hombre escribe en y con ella su destino. Al no estar solo reconoce su poder creativo, puramente espiritual, en la convivencia con sus semejantes, dando paso a la comunicación, y al utilizar esta herramienta registran su relación con el mundo que los rodea y anticipan su actuar.


Reunidos en torno a sus logros y vivencias en el mundo, los hombres conforman comunidades, que confirman su humanidad y los catapultan, al darles cobijo, hacia la búsqueda de la felicidad. Con o sin quererlo, en esa búsqueda se alejan o se acercan de la verdad; lo cierto es que en su libertad van apuntando las ideas que se corresponden con esa verdad y que, por ende, los aproximan a la felicidad.

Precisamente, el uso de la razón y de las facultades del espíritu sitúan al hombre en la dimensión inmaterial. Cada acto de concreción a su respecto en la realidad física indica su huella en la dimensión material. Al ser ello en común con otros, la comunidad va evolucionando de acuerdo al aprendizaje y la creación producto de la libertad y la voluntad de los miembros de ella. La suma de este patrimonio metafísico y, a la larga, filosófico, conforma el cuerpo de ideas y creencias que sostiene e identifica a la comunidad.


El tácito acuerdo por el cual la comunidad acata su cuerpo de creencias moldeado y en constante perfeccionamiento y desarrollo va dando las condiciones para definir su relación con el tiempo y el espacio y en ese momento volverse sujeto del mundo y de la historia en un rango y calidad mayor que excede a otros grupos humanos y, por razones evidentes, a otros seres vivos.


La configuración social, política si se quiere, en que se ha transformado la comunidad, hace patente, vive, defiende y protagoniza su cuerpo de creencias, y del cultivar las ideas fundamentales que fundamentan el destino común coherente mediante la verdad a la felicidad individual procede la cultura. Entra en juego el gran contingente de símbolos y signos por los cuales fluyen encauzadas las ideas de la fundación social.


La cultura, finalmente, es todo el universo de enlaces que une a la comunidad político-social y le da una identidad en su protagonismo en el mundo y la historia, refleja aquello que es bueno, bello y verdadero en este ímpetu de avanzar y perfeccionarse como comunidad, y del avanzar y perfeccionarse de sus individuos.

Solo una cultura que logra equilibrar las fuerzas de la inefable naturaleza con aquello que se ha aprendido como bien, belleza y verdad emprende el curso a la civilización, registro formal de su desarrollo expresado con una más resuelta apropiación territorial y una perspectiva de largo plazo hacia el futuro. La acumulación de riqueza material es causa y no efecto de los aprendizajes generados en este proceso. La solidez material dependerá de la lucidez con la cual quienes ostenten la autoridad social procedan a la intelección de la realidad y que dicha intelección sea estratégica dada la natural incertidumbre que se entrecruza entre los fines y la realidad.


Esta es la importancia de la cultura, la sangre que alimenta el espíritu social en su desarrollo hacia lo efectivamente bueno, bello y verdadero o en su transitar hacia una caída en el vértigo abismal.


Por JUAN CRISTÓBAL DEMIAN

Politólogo - Filósofo - Escritor - Músico


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