Siete considerandos para un manifiesto paleofuturista

TORNIQQETE lúcido, radical y autónomo


I – Sobre la pestilencia


El mundo es yermo, las famosas ruinas se contemplan de forma existencial en el aquí del beato, mas solo queda la opción y la vida, el levantamiento de los mausoleos repletos de las formas de lo arcano y abiertos al reciclaje y el hundimiento de la mugre.


Existe una selva, bosque oscuro y azul el cielo, el globo eterno brilla con luz amarilla cautivante con efectos diversos, de acuerdo al punto de la Tierra. Amenazante pero inspirador ahí donde se esconde el alma para retomar su lugar entre la pestilencia y la mecánica. En otros puntos cubre a los mendigos y las bestias en un ocaso atemporal, contrasta ahí con las paredes rojas añorantes de riqueza y verdad y con los jardines carentes de futuro, usados para alimentar el presente inmoral. Quizá en otros lugares el ocaso esté cerrando su ciclo, o quizás el ocaso está muy lejos por venir y allí qué decir de la arquitectura de laboratorio, nidos de ratas humanas que quedan mirando hacia el cenit, congelados sin advertirlo. El beato no le debe nada a esta gente ni acata vivir como ellos han decidido su no vivir.


Es bueno hablar de Tierra, aún quiere ésta al beato, y el beato aunque hijo de los muros no ha soltado el cordón con la Madre que le ofrece habitación. Es hora de retener la ignominia y poner toda aberración en su lugar, mucha de ella navega sin raíz, otra busca otra Tierra, pero nosotros estamos en ambas supervisando la exploración con el alma en llamas.


II – Los emboscados


Manadas beatas. No son colectivas, no son tribus en el sentido podrido de la palabra; son hombres convocados por la providencia y que ven en la frente del otro el llamado signo, el signo que nunca se va, el signo que da vida y que ha conducido con amor y honor el misterio de la especie y del espíritu.


Se han reunido a la postre de un nuevo pacto, tienen proyecto y tienen historia. Son altivos, agresivos sin hablar y sin tocar. Traen la ciencia proscrita, el arte del alma humana y la técnica transmitida desde sus cunas reservadas en lo más recóndito de su memoria.


Han visto la pestilencia, el color rojinegro en los cielos y la maleza. Proyectan ya las construcciones, diseñan ya el armamento, la estrategia y el asalto. Dispuestos a neutralizar la hiedra que crece sin corazón bajo sus pies. Es la hora de reventar el flujo, una viga en medio de las arterias invisibles del inicuo, para que se ahoguen en su sangre sus esbirros desollados de golpe.


Bajo sus vestimentas, túnicas oscuras, blancas o como les dicte el espíritu y el territorio, se mueven como los magos de la antigua Sogdiana, tras de sí los campos y aldeas llenas de madres, guerreros y futuro. Ciudadelas, casas, castillos, carpas, cavernas. No hay centro en la práctica, pero llevan el credo en su corazón. Los beatos recorren los puntos de vida, las polis de los indestructibles, conocen las rutas, llevan como la sangre las emisiones de la cultura que confronta al Anticristo.


III – Amanecer sumerio


Hay fiesta en el valle del Edén. Los templos han llegado al cielo. Suben y bajan los emisarios mientras haya tiempo. Lo cierto es que es como una feria, los niños juegan, los adultos beben y comen. Pero evidentemente esto vino a su tiempo.


Primero cantaron las aves al despejarse la bruma y quedar de manifiesto la efigie de los colosos. Antes de la llegada de los guerreros a desposar a las hechiceras de la torre central y beber el vino y bañarse en las amplias piscinas palaciegas, nos reunimos los que debíamos clausurar la fiesta y contar las ganancias, registradas en cuneiforme. Ahí el Señor nos enseñó la lección que no recordamos despiertos, que solo nos reconforta en sueños, mas algo fue anotado y es que el futuro no es un bien en sí mismo, sino el resultado de nuestra propia excelencia. Mientras más condenamos las tentaciones funestas de un presente devorador, más ahorro de vida e hidalguía para momentos continuos de pródiga bienaventuranza.


Por ello el futurismo no dejó más que fracaso e insatisfacción. Un infantil equipararse con la escoria en el nivel de aceleración sin sentido. Tanto fue el despegue de la locomotora que el alma se quedó en los rieles dispuesta a ser arrollada por el siguiente maniático. Tampoco somos los que usamos la fulgurante tradición proyectada en un torbellino tecnológico para suplir una mera ansia de venganza, en búsqueda de alianza con el primer sátrapa que aplaste un par de cucarachas.


Y de ahí el banquete, la conmemoración polar-tropical, la clausura y el viaje a caballo por la estepa, siendo asistidos por los tulpas en el techo del hemisferio y sometiendo a los simios del subcontinente, soñando despiertos con los carros de fuego que cristalizaron el desierto. En el valle del Indo esperamos largos milenios, conversando con peregrinos, comerciantes y ancianos, cada uno de ellos un mundo en sí mismo. A ellos nuestra gratitud.


Y por ello un pensamiento a Sumeria, que en cuyas granjas donde un padre tomó el control de la Tierra y su familia fue bendecida por sus frutos, ahí fue el lugar donde el inicuo fue herido, el que siempre quiere y ha querido tenernos deambulando como bestias y que hoy las tiene a sus anchas manchando el mundo.


Hoy el inicuo quiere “reparar” el daño que le infligimos en Sumeria, cuando el primero de nuestros padres vio más allá del ahora y de su propia biología. Y de papiros a juglares fue contada la historia en amplios márgenes de la Atlántida real.


IV – El viento trae ecos del Pacífico


Cuando el hombre de la exploración descubrió el gran charco, el soplo de una naturaleza indómita lo arrastró invitándolo a sus delicias. Se trató de un torbellino, la psicodelia para la generación de la química. No se puede entender esa ansia por desmembrarse entre las arenas y las olas sin apelar al llamado alegre de la exuberancia.