La Guerra Cultural - por Arturo Ruiz

Actualizado: 7 de dic de 2020

Si bien todos recordamos los años sesenta y setenta como los años de los levantamientos sociales y estudiantiles, en aquella época las universidades y en general la cultura se caracterizaba por ser diversa y por agrupar distintas visiones del mundo. Muchas de las ideas que más tarde degenerarían en la ideología “progre” aparecieron alrededor de esos como lo que se conoció como contracultura. La contracultura era crítica de la cultura entonces dominante y, en muchos aspectos, aspiraba a engrandecer las libertades y sus demandas eran justas. Recordemos en este sentido el movimiento por los derechos civiles del doctor Martin Luther King en los Estados Unidos, el que efectivamente combatía prejuicios y políticas de segregación bastante injustas.


La contracultura constaba de diversos movimientos, tales como el ya mencionado movimiento por los derechos civiles, movimientos por liberación de minorías y movimientos artísticos, literarios y musicales. Si bien el término “contracultura” se origina a fines de los años 60 con el libro The Making of Countercultre de Theodore Roszask, el término puede aplicarse también a movimientos culturales anteriores como los beatnik de los 50 o incluso a los románticos del siglo XIX, quienes cuestionaban la idea de progreso que venía de la ilustración, así como el rol de la razón como única herramienta de comprensión del mundo. Una contracultura puede definirse como un movimiento cultural que cuestiona los valores de la cultura dominante.

En el caso de los beatniks y los románticos, podemos observar que su contracultura terminó asimilándose con la corriente principal de la cultura y hoy es posible encontrar sus obras en casi todas las librerías y bibliotecas, así como las otras formas de arte relacionadas con este movimiento ya sea en la música, el cine, etc.


La contracultura de los 60 tenía además un aspecto político que en los Estados Unidos estuvo marcado por la oposición a la guerra de Vietnam y en Latinoamérica por la pugna entre quienes defendían el socialismo por una parte (contracultura) y los que defendían el capitalismo. No es mi intención, sin embargo, centrarme en Chile o en Latinoamérica en estos momentos, ya que considero que la crisis chilena es hoy más una parte de la crisis mundial, que en nuestro caso tiene como particularidad la excesiva violencia y destructividad de las manifestaciones, sin embargo, muchas de las ideas o más bien slogans expresados en la insurrección son más bien una copia directa de aquellos que se ven los Estados Unidos, Canadá, Australia o Europa. En este sentido, destaco principalmente todas las demandas identitarias de género, raza, etnia, dieta (veganismo), animalistas y sexuales, que no son más que una traducción al español de lo que se ve en los Estados Unidos, aquí se destaca en especial la sigla ACAB, que fue importada directamente sin traducción alguna.

La segunda mitad de los años ochenta y los noventa, fueron, en el mundo desarrollado, años especialmente prósperos y gratificantes para muchos emprendedores que bien perdieron todo escrúpulo especulando o bien crearon productos y servicios que cambiaron para bien toda nuestra vida. Fue el tiempo del surgimiento de Microsoft, Apple, Amazon y un largo etcétera. La generación X, mi generación, parecía destinada a tener éxito y la política no entraba en el terreno de juego de la cultura dominante de entonces. Todos tenían su proyecto, todos iban a ser billonarios. Pero claramente no fue así.


Por cada uno de los triunfadores famosos había cientos de fracasados, fracasados que, en su mayoría, se pudieron emplear en las industrias de los grandes y conformarse con una suave medianía. En la academia, sin embargo, profesores de la generación anterior miraban con nostalgia el período de organización comunitaria de los 60 y trasmitían a sus alumnos aquel sentimiento. Muchos de aquellos iban a engrosar las filas de los fracasados y su salvación no sería la empresa privada, sino las mismas instituciones educativas en las que se habían formado. Estos nuevos profesores de mi generación, junto a los sobrevivientes de la generación anterior compraron los ideales viejos de una igualdad chata. El desprestigiado socialismo marxista se reemplazó con la filosofía de la posmodernidad, la lucha de clases con el constructivismo radical, las reivindicaciones del proletariado con las de las distintas identidades, dentro de las que cabían todas, menos una identidad nacional o patriótica.


Existe un dicho que circula por las universidades que reza “el que sabe, sabe, el que no, enseña”. Este miasma ideológico se estaba posicionando ya no como una contracultura, sino como corriente principal, todo esto mientras los liberales, los estudiosos, los heideggerianos y, en general, los que creíamos en las normas y cánones nos reíamos con sorna, pensando que tales absurdos jamás llegarían a ninguna parte. No sabíamos que había intereses que los miraban, valga la redundancia, con mucho interés. Aquellas reivindicaciones que querían, por ejemplo, una mayor presencia de la mujer en el mundo del trabajo, harían que se duplicara la oferta de esta mano de obra y que, por ende, se redujera el precio. Aquellos que querían controlar discursos ofensivos a través de la corrección política entregaban una poderosa herramienta de control social que podía servir tanto a los Estados, las empresas, así como a organizaciones internacionales que también tenían agendas de control. Entonces, estas extrañas ideas recibieron financiamiento externo, y quien recibe financiamiento externo en cualquier universidad del mundo se transforma en un dios, porque las universidades de todo el mundo están sedientas de dinero para repartir entre sus académicos y, si sobra, para destinarlo a proyectos de investigación y becas de posgrado.


Mientras, los egresados se hacían de los medios de comunicación y de la política, porque estas extrañas ideas no podían tener lugar en las ciencias duras o las ingenierías y son precisamente las personas que estudian las humanidades las que generalmente entran a trabajar en medios o en política. Al mismo tiempo, el discursillo progre comienza a descender a los colegios, en donde contamina a los niños desde la más tierna infancia, todo esto visto con beneplácito por poderes que están interesados en individuos desvinculados, débiles y fácilmente manipulables como trabajadores o consumidores. Las ideas “inclusivas” querían que todos fueran artistas y por ello el arte mediocre comenzó a transformarse en norma. Ya no era posible distinguir si un cuadro era un rostro o un paisaje, o si una “instalación” era arte o basura. De hecho, en un museo de Nueva York, una señora de la limpieza barrió una “obra de arte” pensando -o juzgando correctamente- que era basura. En Washington DC, un guardia de la Galería Nacional de Arte me previno de recoger una tabla apoyada en la pared diciéndome “¡esa es una obra de arte!”, cuando le pregunté si hablaba en serio, soltó una carcajada y me dijo “yo sólo trabajo aquí”.


Los cánones estéticos se fueron rompiendo, pero no ya para encontrar nuevos cánones o descubrir nuevas formas, como es la misión del arte, sino porque eran “opresivos” y “excluyentes”, pues dejaban como artistas sólo a la gente entrenada en el arte y no permitiendo que cualquier pelafustán se considerara a sí mismo artista y exigiera ser reconocido socialmente como tal. El arte debía ser “democratizado”, es por eso que los rayados de la plaza Baquedano constituyen, incluso para gente de derecha, una nueva obra de arte. Esto porque nadie produjo teorías alternativas ni defendió los cánones (o si se hizo, no tuvo el apoyo de los financistas externos, por lo que nadie se enteró), en parte algunos porque nunca creímos que todo iba a llegar tan lejos, otros en parte porque estaban ocupados produciendo productos culturales que la gente sí quería comprar y que eran mirados con desprecio por los supuestos “artistas verdaderos”, que no se vendían al sistema porque simplemente nadie los compraba, salvo por los fondos estatales dispuestos a financiar la producción de basura. Por otro lado, era también rentable producir cierta basura cultural como el reguetón y negocios son negocios, incluso, la ideología anticapitalista puede venderse bien, si no, recordemos a Stefan Kramer y a Mon Laferte en horario estelar y con altos ratings.


Profesores, editores, directores de programación de TV seleccionaron escritores que estuvieran de acuerdo con su tergiversada forma de ver el mundo y así, lo que fuera contracultura se consolidó como corriente principal. Pero este miasma, que ha sido llamado “el rojerío” por Mirko Macari, carece de unidad, está lleno de contradicciones y sobre todo se contradice a sí mismo, porque es un Frankenstein creado con restos de diversos movimientos contraculturales muchas veces antagónicos -como, por ejemplo, la defensa de las minorías islámicas y el feminismo- y en la mayoría de los casos sin ninguna relación. Es por eso que su revolución no propone nada, lo que hace dudoso su carácter de revolución, pero esto podrá juzgarse luego, cuando tengamos todos los antecedentes.


Esta corriente principal, contradictoria, muchas veces anticientífica, no se volvió simplemente dominante, sino que adquirió cierto grado de totalitarismo a través de la corrección política. No se necesitó de aparatos de represión estatales, como profetizaba Orwell en su 1984, sino que bastó con hordas de nuevos guardias rojos apoyados por los medios tradicionales y potenciados por la internet que se hacían las víctimas y se ofendían profesionalmente. No se necesitó una organización, como el caso de la guardia roja de Mme. Mao, sino que bastó con poner ciertos eslóganes de moda. Así, incluso en los tribunales de familia conceptos tales como “micromachismo” comenzaron a tener validez sin necesidad de leyes, reglamentos o decretos, sino simplemente a través de peritos (psicólogos y trabajadores sociales) que venían perfectamente adoctrinados desde sus respectivas casas de estudios. La prensa, por su parte usando lo que se conoce como framing, usaba expresiones clichés tales como “estallido social”, “violencia de género”, “patriarcado” o “desigualdad”, expresiones que no tomaban en cuenta los datos ni los índices, sino que tenían su asidero en la mera emocionalidad. Siendo que casi todos nosotros pensamos que tenemos menos que lo que merecemos, que la vida es injusta, porque lo es, estas expresiones, que no dan para conceptos, calaron hondo y se transformaron en parte de un discurso ya totalitario.


Los artistas, poetas, escritores o simples comunicadores son los que dan forma a la cultura. Sumarse a la corrección política dotaba además de cierta superioridad moral propia de las víctimas. Así, parecía fácil sumarse esta nueva corriente principal y obtener dividendos. Sin embargo, las contradicciones de la corrección política alcanzaron tales niveles de evidencia, que lo que alguna vez fuera liberador se transformó paradojalmente en opresivo. Así, por ejemplo, si tratar a alguien de homosexual era antes un insulto, ahora el insulto consiste en tratarlo de heterosexual; la sola expresión “macho” pasó a ser uno de los insultos más grandes. También comer carne pasó a ser una forma de asesinato y ser una persona de ascendencia europea, una insoportable forma de opresión en contra de las etnias minoritarias de occidente. Sucede, sin embargo, que la gran mayoría de la gente es heterosexual; en Latinoamérica, todos tenemos ancestros europeos, hablamos lenguas europeas y, aunque sea de segunda mano, participamos de esta cultura. Si cualquiera de nosotros, por ejemplo, camina tal y como nos vestimos en Chile por las calles de París o Nueva York, es muy probable que no llame la atención en lo absoluto. Finalmente, nuestra normalidad violentaba, pero también sucede que la gran mayoría de nosotros no solo somos normales, sino que necesitamos de la normalidad para ganarnos la vida, necesitamos de orden y patria, como dice el himno de Carabineros, necesitamos que nuestros hijos crezcan en el marco de una familia, queremos formar pareja y luego tener familia porque son nuestros instintos más básicos. Pocos son los padres o las madres que no darían sin pensar la vida por sus hijos y no son necesariamente personas de elevada estatura moral, sino simplemente personas comunes, esas personas cuya normalidad violenta a una corriente principal cuya cultura, paradojalmente no comparte nadie.


“Si natura non da, Salamanca non presta” reza el lema de la Universidad de Salamanca, una de las universidades más antiguas de España y Europa. Esto quiere decir que la universidad puede dar conocimientos y herramientas, pero no talento o inteligencia. Siguiendo este razonamiento, podemos decir que talentos e inteligencia pueden sobrevivir sin o a pesar de las universidades. Muchas de nuestras universidades tradicionales se transformaron en centros de adoctrinamiento progre, con lo que expulsaron de sus aulas e incluso de sus comedores la posibilidad de pensar distinto o de sostener ideas distintas de la nueva corriente principal. Sin embargo, estas ideas contrarias, de la nueva contracultura que ahora somos nosotros, no podían evitar surgir y cuando una idea quiere surgir no puede evitar expresarse. Por otro lado, la internet democratizó el conocimiento que antiguamente, desde hace cientos de años, hasta la década de los noventa, sólo estaba disponible en las aulas y las bibliotecas. Esto permitió que muchas personas pudieran hacerse cargo de su propia educación sin necesidad de las casas de estudio. Faltaba, sin embargo el sistema, la disciplina y la unidad que daba antiguamente la universidad, de esto último se encargaron profesores y profesionales que, al verse marginados o marginables de las instituciones tradicionales, descubrieron en esta plataforma una forma de dar a conocer e intercambiar sus ideas y de poder hablar de muchos de los temas que padecían la censura progresista, que es más bien regresiva a tiempos oscuros. Así, el grito de que el rey iba desnudo comenzó a sonar cada vez más fuerte y comenzó la guerra cultural contra la cultura ahora hegemónica, pero que padece de contradicciones tan insalvables que cada vez puede defenderse menos.


Durante el movimiento de la ilustración, los filósofos estaban tan convencidos de la verdad de la idea del progreso, que tuvimos que esperar al siglo XIX para que Ralph Waldo Emerson lo justificara por primera vez. Si bien la justificación es impecable, el hecho de que haya surgido quiere decir que ya la idea no es tan segura como creían los viejos iluministas. En el siglo XXI, sostener el progreso como un proceso natural es imposible, sin embargo, en lo personal, todavía creo que el progreso, aunque no asegurado, es posible. Al parecer, el movimiento dialéctico del espíritu -que voy a resumir aquí como mera lucha de ideas, aunque es mucho más que eso– es la forma en que la historia se mueve y Hegel tenía razón: no será el espíritu el que pague la cuenta de esta lucha por encontrarse consigo mismo, sino que seremos nosotros en una búsqueda infinita de la verdad, la belleza y el bien. ARTURO RUIZ

https://www.youtube.com/watch?v=dtnhxoSPyq8






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